Quisiera daros la bienvenida a mi espacio en el que podrás encontrar toda la información sobre mis publicaciones de autoayuda basada en la experiencia personal. Muchos podrían preguntarme ¿y quién eres tú? Ya respondo. No soy nadie. Simplemente una joven malagueña que la vida retó desde la infancia, que la salud le ha jugado muy malas pasadas y que pese a todo sigo luchando por vivir.


lunes, 30 de julio de 2007

Mercedes refleja en un libro su abismo de la obesidad a la bulimia

«PREFERÍA morirme en la mesa de operaciones a seguir así». Este es el grado de desesperación al que llegan algunos enfermos de obesidad mórbida. Y ese también era el caso de la malagueña Mercedes García, de 26 años. Ella decidió someterse a una reducción de estómago hace cuando tenía 21, pero antes de llegar a esa determinación había pasado gran parte de su vida sometida a una dieta sin resultados. Tras cinco años de lucha que la llevaron a padecer depresión, bulimia y una úlcera sangrante, la joven ha escrito un libro, 'El reto de vivir', en el que cuenta su experiencia.Con 14 años, Mercedes ya pesaba más de 100 kilos e, impulsada por sus padres, hizo un último intento para bajar de peso. Combinando una estricta dieta y actividad física, logró perder 30 kilos. Los recuperó en tres meses. Y decidió abandonar. La vida no es fácil si tienes 21 años, 1,80 metros de altura y 150 kilos de peso. «La sociedad no está preparada para los obesos», afirma la joven. Cansada de los complejos, de no caber en los asientos, de no poder vestir como una chica de su edad y de los comentarios, Mercedes tomó una decisión: someterse a una reducción de estómago. Su determinación se reforzó cuando, tras un mes en reposo debido a un accidente, descubrió al subirse a la báscula que había engordado 18 kilos.
Sus padres se negaron
Aunque no se arrepiente de ello, García reconoce ahora que fue una decisión precipitada. La primera vez que se lo comentó a sus padres, se negaron. «Mi padre es médico y sabía de los riesgos que tenía la intervención», afirma la joven. Sin embargo, con su nuevo peso, no se lo pensó y consultó a un médico sin hablarlo con su familia. El diagnóstico era claro. Padecía obesidad mórbida y podía someterse a la reducción gástrica. Diez días después tenía una cicatriz que iba desde el ombligo hasta el esternón. «Mi proceso preoperatorio se redujo a las pruebas previas a la intervención», cuenta García, «porque el médico pensó que mi desesperación iba unida a un alto grado de madurez, así que no me sometí a las pruebas psicológicas obligatorias. Creyó que estaba preparada y no era así». Al hablarle de las posibles consecuencias, el doctor que asumió su operación fue muy claro y le habló directamente del riesgo de muerte en el quirófano. Pero a la malagueña no le importaba que en aquel momento, hace cinco años, el índice de mortalidad en este tipo de intervenciones fuese del 20 por ciento. Estaba convencida de que prefería esa opción a continuar con su problema de obesidad.Su familia le pidió hasta el último momento que esperase un par de años a que la técnica estuviese más asentada. Su padre consultó con colegas, con pacientes que se habían sometido a su misma operación. A algunos les había ido bien, otros estaban peor que cuando empezaron el proceso.
Duro postoperatorio
Actualmente, la cirugía de la obesidad ha avanzado y operaciones como la que se realizó Mercedes, la más agresiva, se realizan de forma más precisa y con menos cicatrices. Sin embargo, el camino del postoperatorio sigue siendo duro y ella reconoce que no estaba preparada para las consecuencias. «Los primeros 20 días, a base de purés y batidos, fueron muy bien. Luego llegó la Navidad y con ella, los problemas», afirma la joven. El día 24 de diciembre, el mismo en que podía empezar a introducir alimentos sólidos en su dieta, la joven empezó a vomitar. «Por algún motivo, el esófago no funcionó bien, me dolía mucho y esto provocó el vómito. Fue el primer momento en el que pensé: prepárate para lo que viene», recuerda la malagueña.El siguiente tropiezo fue justo una semana después, la noche del 31. «Me tocaba comer una tortilla francesa, pero mientras ayudaba a mi madre a preparar una ensalada, me comí un trozo de piña. Me volví a sentir mal y pensé que si vomitaba, mejoraría», relata. Había pasado un mes de su intervención y había perdido 20 kilos. Al principio, es normal perder mucho peso, luego el ritmo de bajada se normaliza.
Se pesaba dos veces al día
Poco después, Mercedes sintió que debía perder peso lo más rápido posible. «La gente me decía que estaba cada día más guapa, que me estaba quedando muy bien... y aún pesaba 140 kilos», afirma. Empezó a reducir las comidas, hasta el punto de llegar a sobrellevar el día con dos natillas y agua. La falta de calorías le provocó una anemia que desembocó en depresión. «Llegué a pesarme dos veces al día y, cada vez que lo hacía pensaba en cuánto tenía que perder», afirma Mercedes. Cuando llegó la época de exámenes, se dio cuenta de que no podría aprobar comiendo tan poco. «Volví a hacer cuatro comidas al día y logré superar el cuatrimestre. Sin embargo, en esas dos semanas sólo conseguí perder un kilo, cuando mi ritmo era de cuatro por semana». Así que decidió volver a vomitar. Ya había comprobado que era un buen método y así entró en una dinámica que le llevó a la bulimia. A pesar de todo, pudo darse cuenta de que no iba por buen camino y que necesitaba ayuda. Por aquella época vivía con su hermana y su cuñado y les contó su problema de bulimia. «Si comía nueve veces, todas iban acompañadas de una visita al baño para vomitar», afirma. Sin embargo, superar una enfermedad tan complicada no iba a serle nada fácil. Se arrepintió de haber contado su problema cuando aumentó el control de su familia. Es ahí donde aprendió todos los trucos para expulsar la comida a escondidas: no hacer ruido, vomitar en la calle, en papeleras, en la ducha... Incluso llegó a retener la comida en el estómago dos horas después de ingerirla, que era cuando su hermana bajaba la guardia.La ayuda de su familia, pero sobre todo, de un amigo que al ver sus ojeras y sus manos amoratadas se dio cuenta en seguida de su problema, fueron fundamentales. Sus consejos hicieron que decidiera salir del agujero en el que se había metido. Poco a poco empezó a levantar cabeza, pero la bulimia ya ha había hecho estragos en su cuerpo y en octubre de 2003 sufre una úlcera estomacal sangrante. Tuvo dolores previos, pero los atribuyó a su operación. Ingresó en la UVI y necesitó cinco transfusiones sanguíneas. Los médicos no entendían cómo pudo pasarle algo así siendo tan joven. Hasta que ella les contó que era bulímica: el ácido había reventado su estómago.
Salir adelante
Aquel nuevo tropiezo supuso un antes y un después. «Comprendí que la vida me estaba retando y yo tenía que decidir si quería luchar o abandonar. Aposté por afrontar las consecuencias». A pesar de sus problemas de salud, principalmente de huesos, pero también una esofaguitis aguda, Mercedes quiere comerse ahora el mundo. Apasionada desde pequeña, siempre ha practicado algún tipo de deporte. Ahora juega en un equipo de baloncesto y trabaja como directora de márketing del Melilla Baloncesto. «Aún no estoy curada, pero ya es un logro vomitar una o dos veces al mes en lugar de todos los días», afirma. «No todos los momentos son fáciles, pero trato de levantarme en cada recaída».


Publicado por el diario Sur de Málaga. 9/3/06

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